Un pirata de pacotilla

Gaspar David Friedrich__M-1000
Auto del cuadro: Gaspar D. Friedrich

Dos amigas y una cita. Y un querer desahogar lo que a una de ellas le apretaba el alma, y un contar entre silencios y entre sorbos de café.

Con la mirada tímida y la voz susurrante mi amiga comenzó su relato hablándome de algo que al principio yo no podía entender:

-Quería decirte, Isabel, que cuando yo le conocí la luna ya alumbraba en el cielo.

Esperé el silencio de su pausa.

-No sabía de piratas –continuó- mucho más allá de los datos que la literatura y el cine infantil me habían proporcionado y que, hasta el de Peter Pan, solían transmitirme un sentimiento de temor, por sus agresivos rasgos faciales, por el gancho que hacía de mano y por la banda negra que tapaba el ojo, tan negra como la bandera calavera que ondeaba en el mástil más alto.
Ya sé que desde entonces ha pasado mucho tiempo, y que a lo largo de él he podido conocer a piratas mucho peores que los que de niña me asustaban, porque con el afán de engañar, ni bandera calavera llevaban. Pero…

Levantó mi amiga los ojos y, aunque los clavó en los míos, su mirada parecía no ver. Y siguió hablando, más para ella que para las dos:

-Pero no hace mucho me tocó en suerte conocer -mientras navegaba a la deriva en mi barquita cascarón-, a alguien que iba de pirata por la vida pero que, en realidad, resultó ser un pirata de pacotilla, porque de pacotilla eran su parche en el ojo, su aparentar geniudo y su presumir de calavera. Desde mi barquichuela yo le veía imponente en su velero bergantín con el que había surcado peligrosos océanos, navegado por arriesgados mares y enfrentado a terribles tempestades. Claro que todo esto lo supe después.

-¿Después de qué? me atreví a preguntarle.

-Después de que un día se aproximara al lugar donde yo me encontraba y me tendiera la escala para invitarme a conocer tanto a su barco como a él. Te confieso que subí con cierto escepticismo, pero me pudo más la curiosidad y el escondido afán de aventura infantil que, sin yo saberlo, guardaba en mi interior.

-¿Y qué tal fue todo?

-Muy bien; tanto, que cada día, cuando ya la luna alumbraba en el cielo, la escala se convirtió en el aliado, en el vínculo que nos unía. Así fue como poco a poco nos fuimos conociendo, relatándome él y contándole yo, nuestras aventuras y desventuras, desde el alma y desde el corazón. Y de tanto contar y de tanto intercambiar y de tanto conocer, se fue tejiendo una importante amistad entre aquél que presumía de pirata y aquélla que se dejaba mecer en un cascarón.

-¡Qué bien! Le contesté con todo el ánimo que pude; la amistad es algo tan valioso que merece la pena mimar y conservar, pero entonces ¿qué es lo que te preocupa?

La pausa de mi amiga se hizo más larga esta vez. Cabizbaja, y sin parar de dar vueltas con la cucharilla a un café que ya no existía en la taza, prosiguió:

-Sí, así también lo creo yo. Pero un día, cuando el sol, que no la luna, ya alumbraba en el cielo, su barco encalló, y en ese mar, antes de vida, desaparecieron barco y pirata, y con ellos, un sin fin de palabras, alegrías y proyectos.

-¿Puedo hacer algo por ti? Le dije bajito por miedo a perturbarla.

-Ya lo has hecho, me contestó. Hoy he podido, al fin, romper el silencio en el que, desde entonces, se ahogaban mis palabras entre tantas lágrimas lloradas.
Y me quedan sus recuerdos. Con ellos no pudo la mar.

Isabel

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4 respuestas a Un pirata de pacotilla

  1. Maria José dijo:

    Este casi monólogo de alguien que requiere de una amiga para poder escuchar sus propias palabras me ha conmovido.
    Un abrazo

  2. Caleya dijo:

    ¡Cuánto necesitamos a veces de unos oídos dispuestos a escuchar! Me ha parecido una manera original y bella la manera de contar la historia de su amigo o amor perdido. Realmente transmite un gran dolor.

  3. wisu dijo:

    Hay diversas formas de relatar los propios descubrimientos: contemplando la serenidad que invita la bajamar de la ilustración, absorbiendo una atención íntima; expresando literariamente tal y cómo deseamos extraer nuestra íntimidad a la velocidád de la pluma sobre el papel (hoy día los dedos sobre un teclado de la tableta digital). Cualquiera que sea su forma, el lector se percata de sus propias experiencias al hilo de la sintonía con el narrador. El desembuche produce el vacío de una carga que taraba nuestra libertad interior. Y ahora la serenidad nos embarga convencidos de que somos capaces de expresar (de viva voz, sobre el papel, en formato de texto en la pantalla digital) vivencias que tenemos los seres humanos. Y en ello va nuestra cultura.

  4. Hablarte a través de una amiga es algo indispensable. Me gusta mucho la última frase, como la mirada a una cicatriz. Un saludo

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