Una golosina muy particular

La imagen es de internet y perteneciente a una exposición sobre  “Material escolares antiguos” realizada por Centro Unesco del Campo de Gibraltar.

La imagen es de internet y perteneciente a una exposición sobre “Material escolares antiguos” realizada por Centro Unesco del Campo de Gibraltar.

Cuando yo era niña había muy poco de todo, pues la escasez de la postguerra aún merodeaba nuestras vidas con demasiado empeño, aunque no fuéramos, por nuestra edad, muy conscientes de ello. Claro que esto lo digo desde la perspectiva de una España que después evolucionó hacia un consumismo agresivo, porque entonces vivía en un mundo de ensueños infantiles.

En ese tiempo disponíamos para nuestro aprendizaje de unos cuadernitos y enciclopedias sin demasiadas pretensiones, y el poseer una libreta, un lápiz, un borrador o unos lápices de colores era todo un lujo, así que para iniciarnos en la escritura o en el dibujo utilizábamos pizarras escolares con la que ensayar. Para escribir sobre ellas utilizábamos unas barritas cilíndricas o pizarrines que podían ser blandos – de “manteca”-, o duros –de pizarra-, pues estas eran sus dos categorías. A mí me gustaban más los blandos porque con ellos costaba menos escribir y porque se veían mejor sus resultados. ¡Y porque se dejaban borrar mejor!

El marco de madera que encuadraba la pizarra tenía un agujerito destinado a que se pasara una cuerda por él, no tanto para colgarla de la pared sino para que en su extremo se atara el pizarrín y así no perderlo. No estaban las cosas para dispendios.

Y a los pizarrines quería llegar yo, porque en mi mente su recuerdo también está asociado al asombro que me producía el interés que por ellos tenía una señora muy distinguida. Los compraba para comérselos, así, tal como suena, y los que más le gustaban eran los duros, que los saboreaba como hacía yo con los regalices o el palo dulce que me regalaban en la farmacia.

Esta inexplicable afición -que yo intenté un día copiar por si me estaba perdiendo una golosina interesante -y… ¡qué horror aquél desagradable sabor a piedra!-, tenía que ver con sus embarazos. Antes de que la rana le confirmara el positivo, los pizarrines ya se habían adelantado a tal diagnóstico. Y así, deleitándose con esta golosina tan particular se pasaba todo el embarazo.

Pero terminada la gestación, los rechazaba. Porque ya no necesitaba de aquéllos minerales, decía ella. Por empacho, pensaba yo.

Isabel

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6 respuestas a Una golosina muy particular

  1. Popota dijo:

    La vida está llena de misterio. Es curioso lo que cuentas de esta señora. Me ha hecho mucha gracia leerlo, porque yo también los mordisqueaba, aunque no recuerdo si los llegaba a tragar. Mis padres me reñían, claro, porque cada poco les pedía uno.
    Aún me acuerdo de la primera pizarrina con el pizarrín duro, (se ve que los blandos eran más caros porque en casa tardamos en tenerlos) que me llevé a la escuela el primer año de parvulina ¡Qué nervios! Pero gracias a Dios, agarré la pizarra y con el pizarrín me centré a escribir la a, e, i, o, u, a pintar algunos dibujitos y rayas, que era lo que me habían enseñado mis hermanos en casa.

    Bonito relato, Isabel. Como siempre, lo cuentas con mucha ternura.

  2. Juan dijo:

    Qué raro lo de esa mujer, porque si los pizarrines eran de pizarra es como si comiera piedra, vamos que según cuentas se la comía. Como dice Popota, la vida está llena de misterios, y a saber el gusto que le sacaría la buena señora.

    Un saludo, tras las vacaciones.

  3. güisu dijo:

    Dentro de muy pocos segundos (qué representan los 86.400 segundos/día en un año en 10 años) dejaríamos de escribir en el papel, para hacerlo en un teclado sobre una pantalla (lo que se viene haciendo) rozando los dedos. Hace pocas fechas apareció en alguna prensa la noticia de que en Gran Bretaña, en la enseñanza infantil están obligando a escribir en papel mediante pluma o bolígrafo, sucedáneos y sustitutivos de aquellas pizarras y pizarrines, pues se precia que el cerebro desarrolla determinadas habilidades en las conexiones de las neuronas, propias de la cultura de la escritura. Y no sólo era escribir los signos (vocales y consonantes) sino aplicar determinadas reglas de expresión, del estado de acción y pasión de la persona, con sujetos, verbos, pronombres, adjetivos, adverbios (de modo, de tiempo, circunstanciales)…. Esto sí que es golosina, aunque mordisqueemos un pizarrín.

  4. Doina dijo:

    Qué buena historia! cómo se les sacaba punta a los pizarrines? por casualidad se utilizaba una plaquita de pizarra rectangular que se adelgazaba hacia el centro? (necesito saber como se les sacaba punta con urgencia!) Muchos saludos!

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