Una cabaña en un árbol

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Yo creo que a la mayoría de los niños -el decir todos me resulta un poco pretencioso-, les entusiasma la idea de trepar a los árboles. Porque escalar un árbol entraña, además de los alicientes del riesgo y de la aventura, el sentirse, una vez conseguido el objetivo, dueños y señores de un territorio que les proporciona otra perspectiva del mundo que les rodea.

Y si en ese territorio puede sustanciarse, además, el poseer una cabaña sobre el tronco de un viejo árbol, en ese lugar donde nacen sus ramas principales y que deja un magnífico espacio para construir un refugio que de rienda suelta a sus aventuras, entonces ya es el colmo de la felicidad. Es posible que muchos niños lo hayan conseguido de una manera real, pero otros muchos, como la que suscribe, tuvo que crearlo en su imaginación. Cosa que hacía sin mucho esfuerzo.

Aunque nacida y criada entre humos industriales y el negro polvo del carbón de las minas, la montaña, dueña del aire puro, siempre dio oxígeno a mis sueños infantiles. Tenía mis prados predilectos para dejarme rodar por sus pendientes, y como no, mis árboles preferidos; de ellos, el protagonismo lo tenían dos que eran muy diferentes entre sí, por su naturaleza y por hallarse en lugares muy distintos, lo cual ampliaba mis posibilidades de juego. Uno de ellos era un manzano que habitaba en una pomarada soleada, pero que tuvo la mala suerte de crecer en un lugar donde la sombra de los árboles del camino le había hecho inclinar su tronco buscando la mejor luz para sus ramas. Yo creo que esto a él no le importaba demasiado porque sus manzanas eran riquísimas, y tampoco que trepara por él como si fuera una lagartija. Y a veces, éramos varias las lagartijas.

El otro árbol formaba parte del bosque, pues era un castaño rodeado de otros muchos de su especie, además de robles y acebos. Pero él se encontraba en medio de una isla sin vegetación, de manera que entre las copas de los árboles se podían colar tantos rayos de sol, que al acceder a ella parecía que se encendían automáticamente las luces. Este castaño era estupendo, las ramas principales de su gran tronco salían de una altura relativamente baja -lo que le hacía muy accesible-, a pesar de lo cual tenía siempre que recurrir a la ayuda de una silla, de una pequeña escalera o de algún adulto que me ayudara a trepar por él, sin que ello restara méritos a mi aventura.
Alcanzar aquél “suelo” en el que establecer mi cabaña hecha con las paredes y el techo de mi imaginación, era algo fantástico, tanto, que tomaba posesión del lugar como un Robinsón con su isla, sobre todo cuando sabía que tenía varios aspirantes merodeando alrededor. Y todos, cuando accedíamos a este mágico lugar, nos hacíamos siempre una corona de hojas de castaño hiladas con sus pedúnculos rematada por una hoja en vertical, pasando todos a convertirnos en jefes indios provistos de lanzas hechas con las ramas caídas.

Este poder jugar a ser Robinsones y jefes indios a la vez, se prolongó en la infancia de mis hijos, que llegaron a tiempo de conocer los mismos árboles y de repetir las mismas aventuras. Pero no mis nietos, que han tenido que elegir otros árboles para hacer posibles sus sueños. Y esto es lo relevante, el que puedan seguir convirtiendo en realidades las aventuras creadas por su imaginación. Y sentirse felices.

Felicidad que deseo puedan sentirla cada uno de los niños del mundo. Es la realidad con la que sueño. Es mi deseo.
Felices fiestas a todos.

Isabel

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12 respuestas a Una cabaña en un árbol

  1. güisu dijo:

    Yo siempre he creído que la felicidad comenzaba tras lograr superar una dificultad, por pequeña que sea, como estar “arreblagau” sobre la rama del “cavoxu”, una vez desplazado más de dos metros sobre el nivel del suelo. Qué decir de la perspectiva sobre el valle, oculto tras otros árboles desde el suelo, que parecía más profundo, e intrincado por lo inexplorado. Nada como niños para despertar a la novedad. Así pues, Felicidad y felices fiestas a todos los “blogueros”.

  2. Hay una canción de S. R. que comienza, “Que manera más curiosa de recordar tiene uno…”, y así ha sido, en este relato recuerdo, (Re-cordis), vuelo a pasar por el corazón, aquellos momentos furtivos donde trepar demasiado se hacía peligroso, en verticalidad y en las regañinas de las protectoras “Personas mayores”, cuando descubrían tu propio nido.
    Creo que con este relato homenajeas a uno de mis ídolos incombustibles, por todo lo que representó y representa.
    Abrazo también de Tom Sawyer

    • Me alegro que a través de este relato hayas sentido el homenaje a tus incombustibles ídolos, en el que incluyo también a Tom Sawyer. Si no hay “peligro” no hay aventura; si no hay sueños, tampoco realidades.
      Recibo con mucho gusto los abrazos y os hago llegar el mío.
      ¡Buenas navidades!

  3. Popota dijo:

    Qué bonito, mientras lo leía me he visto esguilando por los cerezos de mis abuelos maternos (riquísmos) por los ablanos del prau de nuestra vieja casa y como no, por los castañeos y le pomaraes. De tanto esguilar (trepar) por los frutos me llegaron a llamar Marimacho.
    Isabel, yo también jugaba en el otoño a vestirme con hojas de castaño que hacíamos tal como explicas de bien. Y despues de alcanzar las copas de los árboles, nos enterrábamos entre los balagares de la follarasca. Lo pasábamos pipa.
    Gracias por hacerme revivir la infancia en el pueblo.

  4. Teresa M.V. dijo:

    Todos tenemos nuestro particular árbol en la memoria proyectado en mil aventuras de la infancia.
    Felices fiestas a todos y a disfrutar de unos días de descanso.

  5. Juliaber dijo:

    El relato me trae a la memoria mi infancia en la “huerta” y sí, tenía un árbol preferido, un manzano al que acostumbraba a subirme para desde allí dejar volar a la imaginación. !Qué recuerdos!
    !Felicesfiestas para todos!

  6. Gracias Popota, Teresa y Juliaber por transmitirme vuestros recuerdos y felicitaciones.
    Mis mejores deseos de felicidad para cada día de vuestra vida.
    Un abrazo.

  7. Gelinos dijo:

    Me recuerda aquello de…..Tengo que subir al árbol, tengo que coger la flor, y darse a mi morena….- Y a mi padre que ” se jugaba una caída ” cada vez que se subía a los cerezos pa luego fartucanos nosotros…..,y nos jactábamos de quién se tragaba más pepites…., con la correspondiente consecuencia

  8. ¡Qué concurso más original, Gelinos, no sé si luego comprobaríais los resultados! Je, je…
    Me encanta alegrarme con vuestros recuerdos.
    A los cerezos les gusta hacerse muy altos porque quieren tocar el cielo, y eso quiere decir que hay que tener una escalera alta o ser muy hábil para trepar a ellos. Y siempre hay que llegar antes que los pájaros, pues estos sí que dejan colgando de las ramas las pepitas.
    Ahora, en los lugares donde se cultivan para su explotación, se les poda mucho y sus ramas crecen en paralelas al suelo y al alcance de la mano de quien las recoja.

  9. Me fascinan además de las letras, los árboles. Ambos los uso para trepar alto, unos con mis piernas y brazos y otros con la simple imaginación 🙂

  10. El caso es alcanzar ese cielo imaginado.
    Gracias por tu visita a mi cabaña en el árbol.

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